jueves, 17 de febrero de 2011

Honorio Pueyrredón y Luis Viale

Era temprano. Serían las 12.30 del mediodía cuanto mucho. Pero ya estaba cansada, agotada. Fue una semana cargada de trabajo, tareas y responsabilidades. Literalmente estuve de acá para allá. Así que básicamente estoy todo el día cansada, porque nunca termino de reponerme, ya que los días que no tengo ninguna responsabilidad pendiente (léase fines de semana) los uso para ver a todos los amigos que voy dejando colgados. Por lo cual, nunca descanso, nunca duermo, nunca me repongo.

En fin, volviendo. Era el mediodía, y hacía muchísimo calor. Lo repito para enfatisar: MUCHÍSIMO. Más, teniendo en cuenta que venía de estar 4 horas adentro de la facultad (horno) y venía caminando unas cuadras con mi compañera de curso literalmente abajo del sol. Imagínense mi felicidad en la parada del 110 sobre la Av. Las Heras, bajo el sol y fumándome los gases tóxicos de los caños de escape de todos los colectivos que por ahí pasan (que son bastantes).

Nunca me había tomado ese colectivo, así que estaba a la espectativa. No sabía con que frecuencia venía, ni a que hora conviene tomarlo, ni si viene lleno o si tiene coches viejos o nuevos. Nada. Finalmente a la lejanía veo un coche destartalado con el cartel "110 / Fac. de derecho - Villa Martelli". Dejo subir a una señora, mientras en mi cerebro intento ubicar donde carajo queda Villa Martelli. Me subo y con mi cara brillosa por la transpiración le pregunto al colectivero si me deja en Jonte y Nazca, mientras con la mano derecha me seco el sudor de la frente.

Acá, hago un paréntesis. Corchetes, llaves, todo. Mientras esperaba que las señoras de adelante mío pagaran su boleto, me encuentro con él. Sentadito en el primer asiento, como quien no tiene un mínimo de culpa por no dejarle el asiento a las personas mayores. Llevaba unos auriculares enormes, encantadores, como a quien no le importa llamar la atención, como mostrando "sí, estoy escuchando música, no me hables." Llevaba una remera azul tan gastada, que era ilegible lo que llevaba sobre ella. Probablemente no tuviera nada interesante, pero ahí estaba él, usando esa remera que no decía nada, o talvez todo. Unas bermudas de jean cortadas, gastadas, rotas, veraniegas, le daban el toque final a su look californiano. Sin olvidar, esos lentes igualitos a los que yo llevaba puestos. Claro, sólo yo noté ese detalle, porque él no levanto en ningún momento la mirada. Iba tranquilo, concentrado en su lectura. Lo único que hacía fuera de mirar el libro, era pasear su mano derecha por la maraña de cabellos que llevaba sobre la cabeza. Rulos despeinados, un corte indecifrable, cautivador.

Mientras toda esa información se filtró por mis ojos en simples segundos, me llegó el turno. Como despertando de un sueño, me despabilé y dije "hasta Jonte y Nazca". El colectivo no estaba lleno, pero como es común (sí, la gente es generalmente idiota) las personas se acumulan en el centro del colectivo. Así que enfilé para atrás. Habré estado parada pocas cuadras, cuando el señor que estaba adelante mío se levantó y me dejó el asiento. Desde donde estaba sentada, no podía verlo. Me lo tapaba una señora, la cual recibió unas cuantas puteadas desde mis pensamientos.

Leí entonces yo también, pero no pasaban dos líneas que volvía la mirada hacia su lugar. En cierto momento quien se encontraba sentado a su lado (del lado de la ventana) se baja. "Es el momento" pensé instantáneamente. Era sólo levantarme, sentarme al lado suyo y esperar un milagro. Por alguna extraña razón, mis piernas no se movieron rápidamente. Dudaron, vacilaron. Demasiado tarde, una señora se sentó, LA PUTA MADRE. Pero él se sienta del lado de la ventana esta vez, con lo cual tengo una visión perfecta... de su cabeza, claro.

Sigo con la lectura, pero no puedo parar de mirarlo. Esperando que se de vuelta, que me sonría,que se acerque y me invite a salir. Esas escenas que uno va armando en su cabeza aunque sepa que son completamente improbables. Pero es lindo, aunque sea, vivirlas en el subconsciente. Soñarlas es una forma de hacerlas realidad, una forma patética talvez, infantil, pero forma al fin.

En mi cerebro entretejía estrategias para acercarme a él. Pensaba, bajarme donde él se bajara, aunque quedara lejos de mi trabajo. "Después me tomo un taxi, otro colectivo, no sé" pensaba, sabiendo que en mi billetera sólo había $8 y ninguna moneda. Ya habíamos hecho un trecho y yo le pedía al destino que no se bajara hasta estar cerca de donde debía bajarme. Pero para los que me conocen, saben que el destino y yo no somos grandes amigos.

Sino fuera porque me la pasé todo el viaje mirándolo, ni siquiera lo hubiera notado. El colectivo paró, se bajó un señor, y cuando estaba el colectivero a punto de arrancar nuevamente, se levantó y como un rayo salió corriendo. Distraído, hermoso. Se bajó y pude verlo alejarse con un caminar despreocupado.

Y ahí, en la esquina de Honorio Pueyrredón y Luis Viale, dejé al amor de mi vida (uno de los tantos).

miércoles, 16 de febrero de 2011

¿Cómo puedo hacer para que no me dibujes esa sonrisa idiota en la cara cada vez que te veo?

domingo, 13 de febrero de 2011


Una vez que das el paso decisivo, todo lo demás te parece más fácil.

Cambiás una vez y querés cambiar mil. ¿Y por qué no?.

Let's change it all.